Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio y nos ofrece una oportunidad para hablar de un tema que todavía demasiadas veces permanece escondido. Y hablar de él es importante, porque alrededor del suicidio siguen circulando ideas que, aunque puedan
parecer tranquilizadoras, pueden resultar peligrosamente equivocadas.

Una de las más conocidas sostiene que quien habla de suicidarse no lo hará realmente. Según esta creencia, la persona que tiene una verdadera intención de quitarse la vida permanecerá en silencio. Por tanto, si alguien lo cuenta, podríamos pensar que «solo quiere llamar la atención» o que el hecho de haberlo dicho demuestra que no existe un peligro real.

Llevemos este razonamiento a otros ámbitos para comprobar hasta qué punto resulta absurdo. «No tengo que preocuparme porque mi médico me ha dicho que tengo una enfermedad grave; si fuera realmente grave, seguramente no me lo habría dicho». O imaginemos a alguien que dice: «Estoy muy tranquilo con
mi matrimonio porque mi pareja me ha dicho que se quiere separar, así que no lo hará». Nadie razonaría así ante una amenaza seria. Entonces, ¿por qué hacerlo cuando hablamos de suicidio?

Que una persona comunique que está pensando en quitarse la vida no demuestra que el riesgo sea pequeño. Demuestra, sobre todo, que existe
sufrimiento y que ese sufrimiento ha encontrado una forma de ser comunicado.

Además, muchas veces quien piensa en morir no desea realmente morir. Lo que desea es dejar de vivir de la manera en que está viviendo. Quiere que desaparezca el dolor, la angustia, la soledad, la desesperanza o una situación que percibe como insoportable. El problema es que, cuando el sufrimiento se hace demasiado intenso, la persona puede llegar a confundir el deseo de acabar con ese dolor con el deseo de acabar con su propia vida.

Por eso, cuando alguien habla de suicidio, puede estar apareciendo algo extraordinariamente valioso: una posibilidad de intervención. Esa
persona todavía está comunicando, todavía está dejando que alguien entre en contacto con lo que le ocurre. Puede existir una duda, una ambivalencia, una parte que quiere desaparecer y otra que, aunque sea débilmente, todavía busca una alternativa.

Pero una ventana de oportunidad solo sirve si alguien se asoma por ella.

No debemos interpretar las palabras «quiero morir» como una prueba de que la persona no lo hará. Debemos interpretarlas como una petición
que merece ser escuchada. No necesitamos tener la solución preparada ni pronunciar las palabras perfectas. A veces, lo primero y más importante es permanecer junto a esa persona, escucharla sin juzgarla y ayudarla a ponerse en contacto con profesionales capaces de intervenir.

El mayor peligro quizá no esté en que alguien diga que quiere morir, sino en que lo diga y nadie haga nada.

Por eso, ante una manifestación de este tipo, la respuesta no debería ser «no lo dices en serio» o «si realmente quisieras hacerlo, no lo contarías». Debería ser mucho más sencilla: «Te estoy escuchando. Lo que estás sintiendo importa. Vamos a buscar ayuda».

Porque hablar del suicidio no es una garantía de que no vaya a suceder. Es una oportunidad para evitar que suceda.

Y algunas oportunidades, especialmente estas, quizá no tengamos una segunda ocasión para aprovechar.

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